SEGUNDO COLOQUIO INTERNACIONAL
con motivo del 126 aniversario del nacimiento
del General Emiliano Zapata

Lunes 8 y Martes 9 de agosto de 2005
Museo del Estado, Morelia, Michoacán

 

LA VIGENCIA DE EMILIANO ZAPATA
POR PABLO MOCTEZUMA BARRAGÁN

Zapata sigue vigente porque los problemas que él enfrentó y el programa que él propuso son actuales.

Zapata cumplió el domingo 8 de agosto, 125 años, y dos días antes, un niño llamado Henry Sánchez murió de seis años, en el hospital de Cuatlixco, Cuautla; Henry nació ahí cerca de Ayoxustla, Puebla, donde Zapata firmó el Plan de Ayala. Murió el viernes pasado de neumonía, pero en realidad murió de tristeza. Su mamá Reyna los dejó siendo un bebé de meses a él y a su hermanito Choche, año y medio mayor, con su abuelita Cube y su tía Concha para irse a ganar la vida al otro lado.

Mientras su mamá trabajaba de lavaplatos en Indiana. Henry creció en tierra caliente, respiró los mismos polvos y caminó los caminos de Emiliano Zapata.

Cuando a Henry le dijeron que ya venía su mamá para llevárselo a los Estados Unidos, Henry decía que no, que él no se quería ir... él quería estar aquí. Decía que se iba a esconder bien escondido para que no se lo llevaran. En los días que su mamá llegó a México para llevárselo, se empezó a poner mal y más mal, fueron y vinieron con doctores, y nada, hasta que el viernes les dijeron en Chiautla que tenía neumonía y ese mismo día lo trasladaron a Cuautla, donde se murió rápidamente.

Para mí que se murió de tristeza, de la tristeza de tener una madre ausente toda su vida y de tener una vida aquí en tierra caliente que le iba a ser arrebatada, junto con las flores que él gustaba ver brotar, los pollitos que atendía y la hamaca en la que le gustaba mecerse. Henry logró lo que quería: se escondió bien, y se quedo en su tierra para siempre, sin que nadie, nadie, nunca jamás... se lo pueda llevar a Estados Unidos. Antes de morirse, hace un par de semanas, cuando iba saliendo Henry del hospital, una señora le regaló un huevo de guajolote. Henry lo cuidó y vio nacer a un guajolotito al que cuidaba todo el día durante sus últimos días. También dedicó sus últimos días a cuidar a la pequeña Clarisa, una bebé de tres semanas hija de su tía Concha. Le agarraba sus manitas y no se despegaba de ella. Antes de morir, Henry cuidó al guajolotito y a la Clarisa, tal como él tuvo que haber sido cuidado siempre. Pero no fue así. La miseria económica va acompañada dramáticamente de la miseria humana.

Esto es lo que está pasando ahora mismo, esta semana, en México, en tierras zapatistas: pobreza, abandono, madres solteras, falta de trabajo aquí, migración a los Estados Unidos, niños tristes, mala atención médica.

Los problemas siguen vigentes y buscan solución, solución urgente, y por eso Zapata sigue vigente.

¡Zapata vive... la lucha sigue!... es el grito que se oye en México, cada vez con mayor frecuencia en los últimos años. La vida y la lucha de Emiliano Zapata es un ejemplo, un grito actual en toda la nación, en el México del siglo XXI. Porque la lucha de Zapata no fue regional, fue siempre nacional.

En la región en la que creció Zapata siempre se luchó por las causas nacionales, basta solamente mencionar la heroica resistencia popular en el sitio de Cuautla, que le ganó al estado el honor de llamarse como uno de los más grandes héroes de la patria: Morelos. Sus abuelos y tíos, sus maestros que habían participado en las luchas históricas de la república mexicana, le habían trasmitido una conciencia de los problemas nacionales y el amor a México.

Aproximadamente andaría en sus nueve años, cuando Emiliano vio derribar las huertas y las casas del barrio de Olaque, por órdenes del hacendado Manuel Mendoza Cortina, que hacía crecer los campos de Cuahuixtla sobre los predios de Anenecuilco. Entonces se produjo un hecho revelador, cuando el niño vio llorar a su padre frente a la enorme injusticia.

- Padre, ¿por qué llora? –preguntó.

- Porque nos quitan las tierras.

- ¿Quiénes?

- Los amos.

-¿Y por qué no pelean contra ellos?

- Porque son poderosos.

- Pues cuando yo sea grande haré que las devuelvan.

Durante la dictadura porfirista, los terratenientes se fueron apoderando progresivamente de las mejores tierras. Se dio concesión tras concesión a los grandes capitalistas extranjeros, la economía pasó a ser controlada por éstos, la mayoría de empresas y bancos eran foráneos.

Zapata fue electo el 12 de septiembre de 1909 en una reunión del pueblo de Anenecuilco como encargado de los asuntos del pueblo. Los representantes José Merino y Andrés Montes le entregaron el cargo a Emiliano, que recibió de los ancianos del pueblo los papeles, muchos escritos en náhuatl, en los que se plasmaba la historia del pueblo de Anenecuilco y su derecho a la tierra. Por la experiencia de tantos años de trámites inútiles, Zapata ya no creía en que serían las gestiones ante el gobierno las que les devolverían la tierra, hacía falta que el pueblo desarrollara otras formas de lucha. Se preparaba una revolución.

A finales de 1910 cuando ya había estallado la revolución maderista planeada para iniciar el 20 de noviembre, Zapata comenzó, el primero, a repartir a los pueblos de Anenecuilco, Villa de Ayala y Moyotepec las tierras que reconocían como suyas, destruyendo las mojoneras que las haciendas habían puesto.

El 11 de marzo, en Villa de Ayala, Morelos se levantaron en armas Emiliano Zapata, Pablo Torres Burgos y Rafael Merino, desarmaron a la policía local y convocaron a una asamblea general en la plaza, donde leyeron el Plan de San Luis y gritaron ¡Muera el mal gobierno! ¡Viva la Revolución!

Al morir Pablo Torres Burgos a manos de los federales, Emiliano queda como jefe, se forma el Ejercito Revolucionario del Sur y avanza incontenible.

Los trabajadores estaban cansados de laborar de sol a sol, por salarios miserables que les pagaban los amos, en su mayoría extranjeros y los mantenían esclavizados por las deudas. No sólo sufrían los campesinos. Para 1907, la situación de la clase obrera se había deteriorado mucho, el salario real no dejó de caer durante todo el período dictatorial, se calcula que en 30 años el salario se deterioró un 30 por ciento. El derecho de huelga y de asociación no existía en aquella época. Era grande la discriminación que sufría el trabajador mexicano con respecto a los extranjeros, quienes invariablemente recibían mayores sueldos y mejores puestos.

El 19 de mayo de 1911, luego de feroz batalla, el ejército zapatista tomó Cuautla. En 1812, cien años antes, José María Morelos cubría de gloria a los insurgentes y al pueblo de México, al resistir heroicamente setenta y dos días en Cuautla. Un siglo, después Zapata tomaba Cuautla, ganaba la batalla y le daba un jaque mate al dictador que renunciaría 6 días más tarde. Los artífices militares de la victoria fueron Francisco Villa, que tomó Ciudad Juárez en el norte, y Emiliano Zapata en el sur.

Zapata tenía un objetivo: la devolución de las tierras, y cuando fue claro que Madero, por contemporizar con las clases pudientes, no iba a cumplir su compromiso, firmó el Plan de Ayala en Ayoxustla, Puebla, el 28 de noviembre de 1911 y siguió su lucha. Sin embargo, cuando Madero fue traicionado por el complot que dirigió desde la embajada norteamericana Henry Lane Wilson y se encontraba bajo el fuego del traidor Victoriano Huerta, conocido como “El Chacal”, sólo un hombre en todo México preparaba sus tropas para acudir en su auxilio y éste era, entre todos los hombres, Zapata, al que él había tratado tan mal.

Ya en prisión, Madero reconoció ante Felipe Ángeles que Zapata había tenido toda la razón al desconfiar de los funcionarios federales y al predecir su deserción desde agosto de 1911. En víspera de su muerte, Madero le dijo a Federico González Garza: “Como político he cometido dos grandes errores, que son los que han causado mi caída: haber querido contentar a todos y no haber sabido confiar en mis verdaderos amigos. ¡Ah, si yo hubiera escuchado a mis verdaderos amigos, nuestro destino hubiera sido muy distinto!”

Al usurpar el poder los neoporfiristas, volvió a levantarse con más fuerza la Revolución. Zapata extendió sus acciones por los estados de Guerrero, Morelos, Puebla, Distrito Federal y el Estado de México. El ascenso del movimiento revolucionario, las acciones de los obreros organizados en la Casa del Obrero Mundial, de la División del Norte comandada por el legendario Francisco Villa y las del Ejercito Revolucionario del Sur, preocupó al gobierno imperial de Estados Unidos, quien invadió Veracruz el 21 de abril de 1914.

Cuando Pancho Villa tomó Zacatecas, Álvaro Obregón Querétaro y Zapata puso en jaque a la capital del país, Victoriano Huerta se vio obligado a renunciar. Derrotado y humillado, huyó del país en el Ipiranga, el mismo barco que exilió a Porfirio Díaz. Pero desconfiados de las fuerzas populares, los porfiristas decidieron tratar única y exclusivamente con los carrancistas. El 13 de agosto de 1914, aniversario de la caída de México-Tenochtitlan frente a los invasores españoles (1521), se rindieron los federales. Álvaro Obregón entró a la Ciudad de México el 15 de agosto. Ese mismo día, Zapata tomó Cuernavaca.

Las distintas personalidades que habían destacado en la lucha tenían contradicciones entre sí, tenían diferencias personales pero detrás de éstas había intereses de clase distintos. Carranza era un terrateniente liberal que quería un cambio político pero bajo las mismas estructuras económicas y sociales. Únicamente quería reestablecer y actualizar la Constitución de 1857 sin cambios de fondo. Obregón representaba a los hombres de empresa del norte, rancheros, comerciantes, empresarios, que constituían una nueva burguesía favorable a reformas al sistema, pero sin eliminar la explotación de obreros y campesinos.

Villa y Zapata tenían intereses comunes, representaban a los campesinos del norte y del sur, con sus características propias. En el sur todavía existían con mucha fuerza las comunidades que tenían raíces milenarias, en el norte eran peones, proletarios en grandes haciendas. Ambos luchaban contra las haciendas que habían usurpado su tierra a los pueblos indígenas originarios. Por eso no fue raro que se diera la alianza entre Villa y Zapata.

Carranza entra en contradicción inmediata con las fuerzas de Villa y Zapata. El 5 de septiembre rompe con Zapata, quien el 8 de septiembre, en el Cuartel General de Cuernavaca, promulga un decreto para ejecutar el artículo 8 del Plan de Ayala, en el cual se hablaba de que las personas que se oponían a la Revolución de Ayala sufrirían la nacionalización de sus bienes rurales y urbanos. Era la primera vez que se contemplaba la expropiación de predios urbanos. Los jefes carrancistas también expropiaron propiedades urbanas, pero para ellos, no para los trabajadores. ¡Se quedaron con las mansiones de los ricos porfiristas, para quedarse con ellas, y vivir en esos palacetes! Obregón hizo suya la mansión de Alberto Braniff en el paseo de la Reforma, Pablo González la de Fernando de Teresa en el pueblo de Tacubaya, el resto de los oficiales escogió la suya: el general Villarreal instaló su cuartel en casa de Iñigo Noriega, el general Buelna en casa de Tomas Braniff, Vasconcelos se quedó con la casa de Luz, la hija de Porfirio Díaz, Lucio Blanco tomó la residencia de Ives Limantour, el coronel Breceda en casa de Enrique Creel, miembro de una de las más ricas familias porfiristas, y así los demás jefes carrancistas.

Mientras que Villa organizó la Convención Revolucionaria a la que se sumaron los zapatistas, Carranza se autoproclamó como “jefe del ejército constitucionalista, investido del poder ejecutivo”, por lo que Villa lo declaró traidor a la revolución urgiendo a realizar las reformas sociales y económicas necesarias.

El 6 de diciembre de 1914 se encontraron en México Villa y Zapata. Visitaron el Palacio Nacional y se tomaron la histórica foto donde se observa a un sonriente Francisco Villa sentado en la silla presidencial, teniendo a su izquierda e inclinado hacia él en actitud seria a Emiliano Zapata, quien no se quiso sentar en la silla. Más tarde dijo, “deberíamos quemarla para acabar con las ambiciones”. Zapata rechazaba la concentración del poder en una persona, la política sucia, el poder despótico de los ricos. Porque mantenía vivas las raíces del calpulli, donde el poder radicaba en los consejos y se resolvían las cosas en asambleas.

La fuerza y la unión que estaban alcanzando las fuerzas populares comenzaron a preocupar muy seriamente a los constitucionalistas. Entonces Carranza, quien era un hábil político, a pesar de que estaba en contra de la Reforma Agraria –como lo manifestó cuando el 1 de septiembre de 1913, Lucio Blanco distribuyó entre los campesinos, las tierras de la hacienda “Los Borregos”, propiedad del sobrino de Porfirio Díaz, Félix Díaz–, promulga la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, con el fin de quitarle fuerza y banderas a los ejércitos campesinos de Villa y Zapata. También maniobra para dividir a los obreros de los campesinos, comprando algunos líderes de la Casa del Obrero Mundial con la entrega de locales elegantes como el Jockey Club, el convento de santa Brígida y la imprenta del periódico “La Tribuna”, además de dinero, para formar “Batallones Rojos” para la “lucha contra la reacción”, o sea, Villa y Zapata. Luego que lo apoyaron, Carranza los desmovilizó, regateándoles sus haberes. Y cuando en 1916 los electricistas trataron de efectuar una huelga, Carranza les aplicó como amenaza, la pena de muerte. En 1915 se efectuó la reforma agraria en Morelos, que a diferencia de la carrancista, en la que la tierra se distribuyó arbitrariamente por los jefes militares, reconoció la propiedad de la tierra de los pueblos y comunidades,
pudiéndose conservar en propiedad comunal.

Dos proyectos se enfrentaron. Al abandonar el Puerto de Veracruz, los invasores yanquis, le dejaron a Carranza gran cantidad de armamento que se habían acumulado en el puerto a donde llegaron más de diez barcos cargados de toneladas de equipo bélico. A partir de las batallas de Celaya, las tropas constitucionalistas comienzan a prevalecer.

El gobierno de Wilson reconoce de facto a Carranza, prohibiendo todo envío de armas a los ejércitos revolucionarios de Villa y Zapata.

Pero el proyecto zapatista continúa: el 26 de octubre de 1915 expide una ley agraria muy radical y publica el Programa de Reformas Políticas y Sociales; el 7 de noviembre aprueban un Proyecto de Ley General del Trabajo en la que sientan las bases para un sistema de relaciones laborales en las que se elimine la explotación entre las personas. Establecen el derecho de todo trabajador al producto íntegro de su trabajo, jornada de ocho horas, descanso dominical; se prohíbe la vagancia y son considerados vagos los que viven de sus rentas sin hacer un trabajo productivo y útil a la sociedad; se fomenta la creación de sociedades obreras, de producción, consumo y crédito; se ingresa al patrimonio municipal las industrias que constituyan monopolios en perjuicio del pueblo; se establece que los Ayuntamientos establecerán fábricas o talleres para los desempleados. El 15 de septiembre de 1916, Zapata decreta la Ley General de Libertades Municipales, en la que queda plasmado el proyecto democrático de Zapata, que reivindicaba la democracia directa y el control del poder desde abajo, desde los municipios. En ella considera que la libertad municipal resulta irrisoria si no se concede a los vecinos la debida participación en la solución y arreglo de los principales asuntos de la localidad, y que los municipios debían tener fondos e ingresos propios, además de que todos los asuntos debían expresarse a la junta general de todos los vecinos. Los conceptos zapatistas sobre la tenencia de la tierra, no sólo contemplaban el acceso del campesinado a la tierra y al crédito. También fomentaban la creación de cooperativas de consumo y producción para que los campesinos pudiesen producir en mayor escala y con más rentabilidad.

En 1917, se establecieron las Asociaciones para la Defensa de los Principios Revolucionarios. Se expidieron leyes para que la autoridad fuese conferida a naturales del pueblo con residencia de cinco años, y para poner a la autoridad civil por encima de la militar. Se definió el municipio autónomo como unidad nuclear del gobierno, y un gobernador que tendría que gobernar de acuerdo con un consejo de tres hombres, fomentaban la participación popular realizando asambleas mensuales en cada pueblo. Este proyecto fue brutalmente atacado por las tropas constitucionalistas que comandaba Pablo González y que recurrió a la más feroz represión contra los pueblos, siguiendo el ejemplo de Juvencio Robles en tiempos de Victoriano Huerta, quien quemaba las cosechas, incendiaba los pueblos y se robaba todo lo que podía.

Luego de derrotar a las fuerzas revolucionarias de Zapata y Villa, Carranza convocó al Constituyente, en el que presenta un proyecto en el que reestablecía la constitución liberal de 1857 con mínimas reformas. Carranza se inspiró en “los principios de la Revolución Francesa, mismos que practican en Inglaterra y Estados Unidos, países grandes y prósperos”, mientras que Zapata recurría a nuestras raíces más profundas, raíces mexicanas para establecer un nuevo orden. Carranza concebía al Estado como protector por excelencia de los derechos individuales y las libertades individuales, sin contemplar los derechos sociales como lo hacía Zapata.

El Proyecto de Carranza fue derrotado por las facciones más radicales del Constituyente, quienes logran introducir elementos progresistas como los artículos 3, 27, 123 y 130, que estaban ausentes del proyecto del Primer Jefe, y que hicieron de la Constitución la más avanzada en su momento.

Pero, a la vez, estaba llena de contradicciones que dificultaban el ejercicio real de los derechos enunciados, al empleo, salario justo, vivienda, educación, salud, asociación, huelga, que eran enunciados formalmente pero de ninguna manera garantizados en la realidad.

Emiliano Zapata tenía un claro Proyecto Nacional: no era un caudillo localista o improvisado. Siempre vio la necesidad de la unidad obrero-campesina y la convocó, manifestándose contra la opresión del capitalista. Se preocupaba del desarrollo regional, él decía: “en cada región del país se hacen sentir necesidades especiales y para cada una de ellas hay o debe haber soluciones adaptables a las condiciones propias.” También tenía gran conciencia de la situación internacional. Desde noviembre de 1918 afirmaba “paréceme que una vez solucionada la cuestión europea-americana, los Estados Unidos de Norteamérica se echarán sobre nuestra nacionalidad”. Saludó el triunfo de la Revolución Soviética de 1917 y las ideas socialistas, que le parecían buena y humanas. Zapata no sólo luchó contra el sistema de haciendas y la explotación de las potencias extranjeras contra México, también luchó por la democracia política, por un gobierno que surgiera desde abajo, con amplio poder de decisión de las comunidades y donde las leyes importantes estuviesen sujetas al plebiscito del pueblo.

En Chinameca, el 10 de abril de 1919, luego que el clarín tocó tres veces llamada de honor, de la manera más alevosa, más cobarde, más villana, a
quemarropa, los soldados que presentaban armas descargaron dos veces sus fusiles para asesinar a Emiliano Zapata.

Pero no pudieron matarlo, porque Zapata vive... la lucha sigue... y hoy otra vez le tocan clarines de honor, le dan el saludo oficial... para tratar de acabar con él.

La lucha de Emiliano Zapata es tremendamente vigente, porque los que tomaron el poder han llevado a México de vuelta al neoporfirismo. Particularmente en los últimos 30 años.

Hoy seguimos trabajando de sol a sol. Ya no existe la jornada de ocho horas, la gente necesita trabajar horas extras, doblar turnos, hacer múltiples chambas en ratos libres, porque si en el porfirismo los salarios cayeron en 30 años el 30 por ciento, en el neoporfirismo han caído en los últimos 30 años más del 100 por ciento.

Hoy seguimos siendo esclavos por deudas, ya no tenemos un capataz atrás golpeándonos con saña, ya no hace falta, hoy basta con una tarjeta de crédito, de plástico inocente, para mantenernos trabajando por años y años para pagar una vivienda, un auto, un crédito. Ya no son los hacendados extranjeros: hoy son los bancos extranjeros los crueles amos que viven del trabajo y la riqueza ajena.

Hoy seguimos sufriendo imposición y abuso, y nuestro país es desmantelado por la política neoporfirista o neoliberal que se aplica puntualmente desde hace más de 20 años y que ha entregado –vía las privatizaciones y otros medios– al extranjero incluso lo que no soñaban en tiempos de Don Porfirio.

Todos trabajamos de sol a sol para enriquecer al capital foráneo: tan sólo el año pasado, México pagó 58,000 millones de dólares por el servicio de la deuda; fue el segundo país del mundo que pagó una cantidad mayor al extranjero. Y, además, estamos pagando el rescate bancario, pagando los platos rotos del “robo del siglo”, como le llaman al IPAB-Fobaproa. Con esos 58,000 millones de dólares, se paga más de la mitad de toda la planta manufacturera existente en México.

Hoy siguen siendo los indígenas y los campesinos los que más sufren, y con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, desde 1994 los pueblos y comunidades son arrasadas y destruidas, peor que si el ejercito de Huerta entrara a destruirlos. Vemos pueblos arrasados y a millones de campesinos yendo a trabajar para el amo gringo como esclavos modernos.

Hoy, como en tiempos de Don Porfirio, nuestra independencia como nación sólo existe en el papel, porque el actual gobierno solo obedece los dictados del Fondo Monetario y el Banco Mundial, que buscan apoderarse de nuestros mercados, nuestras materias primas y del trabajo barato de nuestra gente. ¡Que razón tenía Zapata cuando advirtió: “los Estados Unidos de Norteamérica se echarán sobre nuestra nacionalidad.”

Hoy, como antes, el petróleo va para los extranjeros. Se nos acaban ya las reservas en 12 años, pero somos el segundo proveedor de petróleo hacia el belicoso imperio. Casi dos millones de barriles diarios. Y durante la guerra de invasión de Irak nos constituimos en el primer proveedor de esa máquina de guerra.

Vivimos un momento de retroceso. Pero la historia avanza en zig-zag y la humanidad tendrá un nuevo avance. El mundo se aproxima aceleradamente a un momento definitivo, en el que o cambian las relaciones internacionales o se destruye. O el mundo acaba con el viejo sistema o éste acaba con el mundo. O se transforman las relaciones entre las naciones, acabando con el Imperio o el imperio acaba con todo. Pero llegamos a estos momentos cruciales armados con la experiencia, el ejemplo, el estímulo del pasado y de héroes de la talla de Zapata. Y también llenos de esperanza y optimismo porque así luchó siempre Emiliano.

Zapata vive... la lucha sigue... y va a triunfar, porque tenemos el ejemplo de cómo luchar, de cómo ser consecuentes, de cómo ser fieles a nuestro compromiso, de cómo amar a nuestra patria y a nuestro pueblo.

La lucha de Zapata sigue vigente. Tenemos que luchar porque los niños y las niñas de México y del mundo tengan un futuro para sí. Tenemos el ejemplo de Emiliano Zapata Salazar, que nació hace 125 años y no ha muerto aún y tenemos que lograr que a ningún niño de 6 años como Henry Sánchez se le niegue el amor y se le cierre brutalmente su futuro.