SEGUNDO COLOQUIO INTERNACIONAL
con motivo del 126 aniversario del nacimiento
del General Emiliano Zapata

Lunes 8 y Martes 9 de agosto de 2005
Museo del Estado, Morelia, Michoacán

 

EL ZAPATISMO EN EL ESTADO DE MÉXICO
POR MARÍA EUGENIA ROMERO IBARRA

El objeto de este ensayo son los acontecimientos que tuvieron lugar en los años 1911 a 1912 en el estado de México, período que correspondió a la gestión como gobernador de Manuel Medina Garduño en la entidad. Por el tipo de fuente utilizada, las cartas y correspondencia oficial del gobernador, el acento en la narración de los hechos se hace en la versión del gobierno del estado en esos años.

Año 1911

Durante los dos primeros meses del año de 1911, no sucedía gran cosa en el estado, aparentemente. No se presentaban aún sobresaltos ni alteraciones visibles. Nada inquietaba en particular al gobierno local.

Los primeros indicios de la presencia zapatista en el estado que se consignan en la correspondencia oficial, se dieron en la zona sur y sureste de la entidad por los finales de abril de ese año, incrementándose paulatinamente en los meses siguientes.

Tal inestabilidad se atribuyó a contingentes provenientes del estado de Morelos, ya que desde noviembre de 1910 se tenían noticias esporádicas sobre movimientos armados en esos lugares. La población en general, pero sobre todo los propietarios de haciendas y comerciantes, se empezaron a inquietar.

Es que el panorama que había observado hasta finales de 1910 era una especie de calma “chicha”, turbada ocasionalmente por la llegada de noticias sobre incursiones de rebeldes procedentes de estados vecinos. Se había sabido que en los últimos días de noviembre de ese año, un grupo armado procedente de Tlaxcala apareció “por el rumbo de Texcoco, amenazando los distritos de Cuautitlán, Otumba y Tlalneplanta”, noticia desmentida de inmediato por el entonces gobernador Fernando González para tranquilidad de los habitantes del estado.

Ante los acontecimientos ocurridos en Puebla en noviembre de 1910, el gobernador González giró órdenes de extremar medidas de vigilancia. Genovevo de la O y José Trinidad Ruiz empezaron a desarrollar acciones armadas en al región colindante entre Morelos y el estado de México, por el rumbo del distrito de Chalco y el noroeste de Morelos a finales de 1910 y principios de 1911.

Por estas fechas ubicamos las primeras operaciones militares de los contingentes zapatistas locales que consigna la correspondencia oficial y que según esta fuente, ocurrieron en el sur del estado. Estas fueron las incursiones de los hermanos Alfonso y Joaquín Miranda, comerciantes de carbón y leña en esa zona. Fueron ellos, también, los primeros en apoyar abiertamente la lucha armada en la entidad. Sus primeras acciones se produjeron por el rumbo de Sultepec, Temascaltepec y Tenancingo en marzo-abril de 1911.

Para abril de 1911, era notoria la actuación de bandas muy heterogéneas de rebeldes que se decían zapatistas. Lo mismo eran campesinos que dejaban el arado, que artesanos, pequeños comerciantes ambulantes, obreros, o salteadores de camino real. Las demandas que enarbolaban eran vagas, pero todos se levantaban en armas al grito de “viva Zapata”.

En los finales de ese mes, el general Trinidad Rojas, uno de los jefes que merodeaban por el Ajusco y que desde fines de 1910 amagaba la población de Chalco, comisionó a José Medina, nativo de Tenancingo, para organizar un levantamiento en lso rumbos de la falda sur del Nevado de Toluca. El intento de rebelión de Medina, obrero textil simpatizante de Madero, encontró algunos adeptos en Tenancingo, como Justino Cordero y Juan Rosales. Sin embargo, su derrota no se hizo esperar a manos del capitán federal José T. Pazos, entonces jefe político del distrito.

José Medina fue uno de los primeros propagandistas y exponente activo de las ideas maderistas en ese distrito. Después de la derrota, fue conducido a Toluca y puesto a disposición del gobernador Fernando González. Este no concedió mayor importancia al asunto, dejándolo en libertad, así como a los demás implicados. Tiempo después, Medina se unió a las fuerzas zapatistas que luchaban en Amecameca bajo el mando del mencionado Rojas.

A partir de mayo de 1911, después de que una partida tomó Zacualpan, empezaron a aparecer muchas bandas que tenían gran movilidad, actuaban y desaparecían casi de inmediato o se fundían con otros contingentes.

Posteriormente a la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, empezó a realizar acciones de armas el profesor normalista Prócoro Dorantes, el cual, al frente de cincuenta hombres mal armados y peor montados, originarios del rumbo de Ixtapan de la Sal, se aventuró, a nombre del maderismo, a tomar la cabecera del distrito de Tenancingo.

En condiciones similares actuaban los veinte hombres al mando de José L. Castañeda, originarios de Zumpahuacán, los cuales sin casi disparar un solo tiro tomaron Tenancingo.

Después del 25 de mayo de 1911, Antelmo Sánchez y Antonio Zavaleta amenazaron los distritos de Sultepec y Temascaltepec también en nombre de la causa maderista.

En estas fechas se formaron muchas bandas que sólo deambulaban y amenazaban las poblaciones para obtener medios de subsistencia, pero sin atacarlos militarmente.

Mientras tanto, la vida en la provincia del Estado de México seguía con un ritmo casi inalterable, “tal como en tiempos normales”. Sin embargo, se intuía que el ambiente se descomponía. Circulaban constantes rumores y noticias. Se habló de escaramuzas con la policía rural por el rumbo de Tepalcatépetl; que Malinalco había sido acechado por las fuerzas de Facundo Torres; se habló de la presencia de hombres montados y armados encabezados por Prócoro Dorantes en Ixtapan de la Sal; y que los rebeldes de José Tenorio andaban en Ocuilán, mientras José T. Castañeda merodeaba por Zumpahuacán.

El pronunciamiento de Zapata el 22 de abril de ese año, provocó gran preocupación en los grandes propietarios del estado por la posibilidad de lo que ellos veían como “contagio de la peonada”.

Sin embargo, aun se hablaba de la inalterable “paz pública” al tiempo que se tomaban medidas discretas para prevenir eventuales disturbios. Tales medidas se resumen en el discurso oficial de la siguiente manera: mantener el “estricto cumplimiento de la ley, (...) la marcha regular de la administración pública y (...) la eficaz (mejoría) en el servicio de la policía rural de los distritos.”

La aprobación el 22 de marzo por la Comisión permanente del Congreso de la Unión de la ley de suspensión de garantías constitucionales y el discurso de Díaz del primero de abril, aceptando la no reelección de gobernadores –lo cual significó un regaderazo de agua fría para la oligarquía regional–, hacían imposible seguir negando que algo grave ocurría en el país.

El 23 y 25 marzo de 1911 se produjeron los primeros fusilamientos en Temascaltepec y Tenancingo como resultado de la aplicación con todo rigor de la mencionada Ley.

La intranquilidad empezó a adquirir tonos más serios. Los hechos de armas se intensificaron y se produjeron atentados como el incendio del puente de ferrocarril del distrito de Lerma a fines de abril y el secuestro, unos días después, de un comerciante en Chalco.

Todo esto en un ambiente electoral que propició la aparición de nuevas fuerzas políticas en la región y una gran movilización de todo tipo de sujetos políticos.

Mientras tanto, al negarse Emiliano Zapata a licenciar sus tropas y con el pretexto de la inestabilidad que representaban los contingentes zapatistas, el gobierno interino de León de la Barra envió a Cuernavaca a Victoriano Huerta. La ruptura de hostilidades con el gobierno federal, como sabemos, se produjo a fines de agosto de 1911, a pesar de la intervención de Madero.

A mediados de agosto de este año, el gobernador presentó el informe de su gestión, un discurso que no correspondía con la realidad. Resaltaba que la entidad se encontraba en calma, que la vida proseguía su curso y los intentos de alterarla “eran y serían inmediatamente sofocados en su raíz”. Según el documento, el país ya había sido “salvado de la anarquía y se encarrilaba pro la senda del orden, la justicia y la libertad”.

Las protestas se sucedían: aprovechaban para revivir viejos reclamos de justicia social. Hubo grandes dificultades para la recolección fiscal. En algunas zonas del estado se presentaron renuncias a los puestos públicos. El impuesto más importante que era el de capitación se dejó de cobrar. Algunos jefes políticos civiles fueron sustituidos por militares.

El funcionamiento del Estados se volvió crítico: la disminución de los ingresos trajo consigo una crisis financiera; muchos causantes se negaban a pagar las contribuciones, tal cosa sucedió en Zacualpan, Ocuilán y Jalatlaco. Se destruyeron archivos, se agotaron las reservas financieras del estado, la procuración de justicia se alteraba paulatinamente y muchos jueces presentaron sus renuncias. La legalidad era cuestionada con la llegada de las fuerzas revolucionarias.

En este ambiente ingobernable se realizaron las elecciones para gobernador, el día 10 de septiembre de 1911, resultando triunfador absoluto Manuel Medina Garduño, cuya gestión debería extenderse desde el 12 de octubre de 1911 hasta el 19 de marzo de 1913.

Los documentos oficiales hablan del “(...) las partidas merodeadoras” que hacían incursiones y establecían contactos en los distritos de Chalco y Sultepec, pero no permanecían en ellos, atacaban y retrocedía. También aluden al “grave sacudimiento” y al “huracán revolucionario” que provocaban, así como a la “estela de paralizaciones, desórdenes y derrumbamientos” que dejaban tras de sí.

Para octubre, llegaron comunicados de empresarios que hablaban de “incursiones de bandoleros” a Amecameca, los cuales, según ellos, se hacían pasar por zapatistas para sí cometer todo tipo de “abusos”. Asaltaban las haciendas, las saqueaban y robaban el ganado.

Por su parte, el gobernador se veía en grandes dificultades para definir acciones concretas y avanzar en la solución del conflicto zapatista. No pudo establecer una línea política clara y definida que guiara de inmediato su actuación en relación con la naciente rebelión y su influencia en la entidad. Siempre estuvo convencido que el fenómeno del zapatismo era propio del estado de Morelos y no tenía raíces propias en el Estado de México. Ante eso, solamente recomendaba a los jefes políticos extremar la vigilancia y en caso de ataque “esperar en el lugar hasta que los malhechores se retiran”. No reconocía la presencia de jefes rebeldes propios del Estado de México que estuvieran identificados con el maderismo.

Después de la promulgación del Plan de Ayala, al iniciarse una agresiva campaña contra los zapatistas en Morelos, aumentaron los contingentes de rebeldes que se trasladaron al territorio del estado de México. Los mismos se ubicaron en la región colindante entre las dos entidades, su geografía montañosa se prestaba perfectamente como refugio de guerrilleros.

En los finales de ese año, con apoyo oficial empezaron a formarse asociaciones civiles de autodefensa, organizadas por los ciudadanos pudientes de Toluca y otras ciudades e iniciaron el reclutamiento de socios. El gobernador pensaba que así se podría sofocar la revuelta que amenazaba al estado y, además, crear una base social más amplia, con la cual no contaba hasta el momento.

Año 1912

La guerra civil que de facto se vivió en la región en ese año, significó la desorganización del aparato productivo, comercial y financiero del estado. Prácticamente, todas las ramas de la economía se vieron afectadas, especialmente en los distritos de Tenango, Sultepec, Temascaltepec y Tenancingo.

Las guerrillas controlaban caminos y veredas. Asaltaban los atajos de mulas, las carreteras y carruajes. Asediaban a los destacamentos federales. Las líneas de teléfonos y telégrafos se convirtieron en objetivos militares, sufriendo graves daños. Fueron afectadas sobre todo, las poblaciones de Chalco, Tenango, Tenancingo y Sultepec,” según palabras del gobernador.

A lo largo del año 1912 se produjo la quiebra de la administración de Medina. La creciente presencia del zapatismo, aumentaba la inestabilidad y el desorden; la población civil se comenzó a armar empezando, los llamados a la autodefensa, el Estado no podía garantizar más la seguridad de la población. El gobernador, mientras tanto, solicitaba insistentemente “la ayuda” del gobierno federal para combatir la rebelión.

Para colmo, la designación del general Felipe Ángeles, en sustitución de Juvencio Robles, como jefe militar para combatir al zapatismo, provocó fuertes controversias del gobierno estatal con el federal. Dicho nombramiento fue considerado por el gobernador como un grave error del presidente Madero y así lo expresó públicamente.

Para septiembre de 1912, el gobierno del estado de México tenía dos preocupaciones fundamentales: los avances de los zapatistas por un lado, y la actuación de Ángeles en el combate contra la rebelión por el otro; situación que se recrudeció con la aparición de nuevas partidas de zapatistas en Valle de Bravo, a sólo 16 kilómetros de Toluca por esas fecha.

Según los informes que recibía el presidente Madero, la situación era muy peligrosa, ya que el impacto de la creciente fuerza ofensiva de los zapatistas sobre la economía regional iba en aumento. Importantes empresas se habían visto obligadas a cerrar, como la hidroeléctrica del Río Alameda, mientras otras, como el mineral de Zacualpan, estaban a punto de hacerlo. En algunos distritos, los rebeldes ocupaban la mayor parte de las haciendas. Además, muchos de los propietarios se resistían ya al pago de impuestos, haciendo aún más crítica la situación del erario estatal.

Madero recibía insistentes informes de parte de los altos mandos del estado de que la conducción de la campaña militar por parte de Ángeles era equivocada y estaba de antemano condenada al fracaso. Las partidas de zapatistas arreciaban los ataques por el rumbo de Coatepec Harinas, Ixtapan de la Sal, Sultepec y Almoloya de Alquisiras. Saquearon e incendiaron Coatepec y Malinaltenango fue ocupado por los alzados durante varias horas.

Para justificar la solicitud de enviarle una columna volante de, al menos, mil hombres y dos piezas de artillería, daba noticia del asedio al importante mineral de Zacualpan que duró tres días. Hacía el recuento de las pérdidas por los rudos combates, las cuales incluían el incendio de dos haciendas de beneficio, una instalación minera y varias casas. Añadía, en tono de satisfacción, que en Zacualpan lograron rechazar a “(...) los bandoleros que ávidos de sangre y de rapiña hubieran terminado con ese poblado”.

Según cálculos del gobierno del estado, en los seis distritos que habían sido invadidos se encontraban cinco mil zapatistas, armados y montados. Los mismos mantenían fuerte presencia en las cercanías de Toluca, por el sureste, noroeste y suroeste, encontrándose “amagadas las ciudades de Santiago Tianguistenco y Tenango, (...)”.

La invasión de las partidas zapatistas se acercaba al distrito de Ixtlahuaca, la hacienda de La Gavia estaba ocupada y las comunicaciones con los distritos mineros del oeste había sido interrumpida, quedando éstos aislados.

Con gran satisfacción del gobernador, que así lo expresó, en el mes de octubre, el general Ángeles cambió de táctica en su campaña militar contra el zapatismo. En ese mes comenzó a usar columnas expedicionarias en lugar del sistema de patrullas del inicio de la campaña.

Esta nueva táctica afectó de manera importante algunas poblaciones del estado de México, donde desarrolló operaciones en contra de Genovevo de la O, quemando su campamento situado en Ocuilán, operación en la cual se hizo acompañar por el 29 batallón comandado por Aureliano Blanquet.

Ante la insistencia sobre el recrudecimiento del movimiento encabezado por Zapata, el 29 de noviembre arribó a Toluca una columna de 600 hombres al mando del general Blanquet, altamente valorado por la oligarquía nacional.

A partir de los primeros días de diciembre, las fuerzas federales mejoraron sus resultados en los combates y los zapatistas se vieron en dificultades para seguir avanzando, empezando a retroceder y entregando posiciones.

El 10 de diciembre, a pesar del encono de la lucha, los zapatistas fueron vencidos en Temascaltepec. Después de varias horas de reñidos combates de artillería, los desalojaron de Coatepec Harinas el 14 de diciembre. A partir de aquí, la región norte fue prácticamente liberada de zapatistas. El mando de toda la fuerza militar del estado quedó bajo la responsabilidad de Aureliano Blanquet.

Paulatinamente, durante este mes fueron recuperadas las posiciones de los federales en la hacienda de La Gavia, en el Llano de Salazar. Las estaciones de ferrocarril empezaron a funcionar con cierta normalidad.

Las partidas que amenazaban Juchitepec fueron expulsadas, lo mismo las que merodeaban por Tenango y Valle de Bravo. Esto se debió a la acción desplegada por el general Blanquet. Las partidas de revolucionarios empezaron a deambular desorganizadamente y en estado lastimoso por algunos puntos, atacando sólo para buscar provisiones y alimentos. Aparecían y desaparecían rápidamente por cualquier rumbo.

El mismo 10 de diciembre, Medina comunicó a Francisco I. Madero que agradecía la ayuda militar de la columna militar al mando del general Blanquet, que había llegado a Toluca el 29 de noviembre anterior, mejorando sustancialmente la situación de la seguridad del estado, a pesar de que las finanzas y la situación económica continuaban en una situación deplorable.

La Asociación de la Defensa Social de Toluca fue disuelta por iniciativa de Blanquet el 10 de enero de 1913. Los voluntarios pagados, que fueron desmovilizados, recibieron la oferta de darse de alta en algún cuerpo del ejército.

Así se formalizaba el fin de la amenaza zapatistas sobre Toluca en el año 1912.