SEGUNDO COLOQUIO INTERNACIONAL
con motivo del 126 aniversario del nacimiento
del General Emiliano Zapata

Lunes 8 y Martes 9 de agosto de 2005
Museo del Estado, Morelia, Michoacán

 

EL ZAPATISMO DESDE UNA MIRADA MUNDIAL
POR LUIS AYALA

En primer lugar, he venido especialmente a esta discusión, llegue ayer a México y voy a tener que irme esta noche. Me habría incluso, gustado, haber estado presente en las discusiones, ayer, anteayer, que se han estado teniendo en el marco de este debate, de este simposio

Quiero en primer lugar agradecerle mucho a Margarita Zapata, ella es una Vicepresidenta de la Internacional Socialista y la tenemos con nosotros, ella fue la que me motivó y me hizo una obligación que yo tenía que estar hoy día en ciudad de México con ustedes y que he querido cumplirle, pero le he querido cumplir a todos ustedes y sobre todo, he querido cumplir cambien con estar presente cuando se habla de Zapata, porque son identidades que nos tocan.

Y voy a comenzar hablándole un poco de nosotros mismos y como nos ha tocado Zapata. En junio de 1989 en la ciudad de Estocolmo, a pocos meses de la caída del muro de Berlín y en los albores de las revoluciones democráticas protagonizadas por los pueblos de la Europa Central y Oriental, líderes y representantes de cerca de setenta partidos miembros de la Internacional Socialista se daban cita en el XVIII Congreso de esta organización política internacional. Uno de los temas centrales de la agenda de esa reunión, en el marco de los cambios históricos que se avecinaban con un dramatismo singular era la aprobación de una nueva Declaración de Principios, referente ésta de la identidad común de los partidos socialdemócratas, laboristas y socialistas que hacían parte en ese momento de la organización. La anterior Declaración, enmarcada en el cuadro de realidad de Europa de fin de la Segunda Guerra Mundial, traía consigo los signos de la guerra fría y de definiciones limitadas fundamentalmente a las experiencias del movimiento popular y progresista en el continente europeo. Esa nueva Declaración, una toma de posesión ante un nuevo mundo en profundo cambio y que asumía ahora la verdadera naturaleza global del movimiento internacional social demócrata, fue aprobada por unanimidad en esa hora precursora de los acontecimientos que se sucederían en los meses y años siguientes -el verdadero arribo del nuevo siglo para muchos- y guarda aún a pesar de la vertiginosidad de los cambios de estos quince años, vigencia y relación con las nuevas realidades de la hora actual.

Willy Brandt, el ex-Canciller Alemán, Presidente de la Internacional Socialista por más de 16 años, Premio Nobel de la Paz y precursor y visionario del proceso de unidad Europea, presidió los trabajos de un pequeño Grupo Redactor de esa Declaración, en el que tuve el honor de ser uno de sus miembros, que durante 1988 y 1989 preparó ese documento. Brandt, que conoció México y su historia y que sintió una gran cercanía y afinidad con el pueblo de este gran país, nos recordaba en nuestras discusiones sobre las fuentes y la naturaleza de nuestro socialismo, el valor y las identidades comunes de actores fundamentales de la revolución mexicana con el ideario y recorrido de partidos, movimientos y organizaciones de la izquierda democrática en otros lugares del planeta que también se movilizaron por "Tierra y Libertad". En Estocolmo para muchos y en un momento simbólico para toda una nueva generación, con la aprobación de esa nueva Declaración quedó también la figura, el ejemplo y el ideario de Emiliano Zapata entre los trazos de la nueva identidad global de lo que es hoy en efecto el mayor movimiento y organización política progresista y mundial.

Este General del "Ejercito Libertador del Sur", cuyo liderazgo, talento militar y carisma personal estuviera afincado tan íntimamente a su nativo estado de Morelos, con su lucha, con su clamor y demanda de tierra y libertad trasciende, a lo contrario de lo que algunos historiadores han sugerido, el nivel puramente local o regional para llegar a proyectarse no solo en todo México y en el alma nacional mexicana, sino que en las historias de las luchas por la libertad y la justicia en la América Latina y otros confines, así como quedara comprobado entre nosotros mismos en ese mes de Junio de 1989, en ese Congreso de Estocolmo.

En realidad, desde una perspectiva histórica en la identidad del socialismo y los socialistas podemos siempre comprobar que cuando la fuente de la desigualdad estuvo constituida por la posesión de la tierra, el impulso y la lucha fue por la socialización o la propiedad de la tierra por y para los que la trabajaban, los campesinos; así como cuando la diferencia o desigualdad surgía -en la sociedad industrial- por la propiedad de los medios de producción la demanda era por la propiedad social de esos medios de producción; de la misma manera que es hoy para muchos, en la sociedad de la información actual la diferencia de conocimientos, la fuente de la desigualdad y se levanta entonces como estrategia central de la hora en la sociedad de siglo veintiuno la educación como el objetivo central de una política generadora de igualdad, a lo menos de oportunidades para todos.

Así desde la perspectiva histórica de los movimientos socialistas y progresistas, Emiliano Zapata en su impulso original, en su demanda fundamental, en su Plan de Ayala, plantea esa identidad común, transformándose así en portador de las esperanzas y vocero no solo de peones y campesinos desposeídos en el marco del régimen de hacendados violento y absoluto de México de 1910, sino que alzándose como un referente de este país en el mundo, un referente necesario y esencial para todos nosotros para comprender en toda su magnitud los procesos y luchas sociales y políticas en diferentes latitudes en favor de la justicia y la libertad.

Zapata y la revolución en este lugar del mundo, independientemente del curso de los acontecimientos a la época, marca, como puede ser apreciado en la historia de movimientos y organizaciones de la propia Internacional de entonces, un paso de gigante cuyas repercusiones e influencias, más allá de la distancia que pudiera haber existido de protagonistas con teóricos o practicantes de la política, solo son comparables a los más recientes procesos de cambios de los que hemos sido protagonistas nosotros mismos, y a los que hacía referencia al comienzo de mi exposición - de fin de los autoritarismos, de reafirmación de la democracia y de búsqueda de nuevas formas de una gobernabilidad más justa y más solidaria ahora a los comienzos de este siglo veintiuno.

Del mensaje simple pero profundo de Zapata, junto al dolor y las lágrimas de la dinámica de la revolución, los mexicanos emprendieron un camino de no retorno hacia la modernidad en el cual nada menos que lo justo es lo aceptable, y con la visión que México puede solo construirse con todos y para todos los mexicanos; mientras el mundo a su vez recogió de los protagonistas de la revolución, ganando mayor sustento en distintos lugares, en la América Central, América del Sur e incluso Europa, visiones de cambio, de más inclusión y de mayor justicia.

Si el siglo XX llegó a México con la revolución - el fin de la guerra fría, el triunfo de las fuerzas en favor de la libertad y la democracia abrieron las puertas en muchos lugares del mundo al siglo XXI. Hemos transitado este tiempo, estos años, estos meses, con el mismo sentido de expectativa que debe haber acompañado en su momento a muchos de los hombres de Zapata, de Villa y de otros líderes de la revolución. Si México cambió con el esfuerzo y el sacrificio de tantos en esos años de revolución, estamos hoy todos en distintos lugares movilizados para ver realizada la promesa de los nuevos cambios que han llegado con estos nuevos tiempos.

En el centro de la agenda, está como ayer, el compromiso, el esfuerzo por la justicia y la libertad. Hoy se trata de construir una nueva gobernabilidad,
definida por el multilateralismo y la inclusión. Un multilateralismo para la paz, la democracia, el desarrollo sostenible, el respeto a los derechos humanos y la igualdad de género.

De una nueva gobernabilidad centrada en los intereses del individuo pero también en los intereses de la comunidad, cuyo norte debe ser crear oportunidades para todos, derrotar la pobreza, las amenazas de pandemias, detener los cambios climáticos, acabar con la proliferación de armas de destrucción masiva, poner fin al terrorismo y encontrar solución a los conflictos regionales.

Se trata hoy de reforzar nuestro compromiso con las Naciones Unidas, como la organización fundamental para la cooperación internacional y la promoción de la paz. De reformar y adecuar las instituciones financieras internacionales para lograr un desarrollo económico mas equitativo entre las naciones, en particular respondiendo a las urgentes necesidades y expectativas de los países del Sur de la economía mundial. De reconocer la necesidad de un nuevo equilibrio entre la soberanía del estado y la soberanía del ser humano, estableciendo un claro criterio para las intervenciones de la comunidad internacional basadas en un nuevo principio: la responsabilidad de proteger.

De recuperar el papel de la política, la fuerza e integridad de la democracia, la función de los partidos políticos, de las organizaciones sociales e instituciones de la sociedad civil y fortalecer las alianzas de éstas con las organizaciones políticas.

De promover y avanzar un comercio más libre pero más justo, asegurando el acceso de los productos de los países pobres a los mercados de los países desarrollados, mientras se continúe construyendo sobre los recientes acuerdos de eliminar subsidios a productos agrícolas en países industrializados.

Hoy necesariamente la agenda es hacerle frente al proceso de globalización acrecentando las oportunidades y disminuyendo los riesgos y dificultades que enfrentan las economías débiles y pequeñas y acortando las distancias y desigualdades que se amplían al interior de nuestras sociedades como entre ellas.

Hoy la respuesta es también una integración que resulta, no ya tan solo como la concreción de un deseo, ideal u objetivo histórico, pero más bien de una necesidad que la nueva realidad de la economía, pero también de la política nos impone a todos. Esto en particular, es aún más urgente y necesario en la América Latina y el Caribe de hoy, donde se requiere definir de una manera abierta, visionaria y con coraje, una nueva relación entre estados, naciones y pueblos del continente, una relación distinta - con la vista puesta hacia adelante y en los desafíos comunes y preguntándonos primero que es lo que nosotros podemos hacer por nosotros mismos.

Naciones y pueblos en distintas regiones del mundo avanzan en la búsqueda de respuestas comunes a los desafíos económicos y políticos, sociales y de paz y seguridad en un mundo cada vez más interdependiente. La Europa de los Veinticinco es hoy una realidad y ya están definidos y continuarán definiéndose otros próximos miembros de la Unión.

Africa tiene ya hoy su propia Unión Africana, donde los países de la región enfrentan de manera conjunta y cada vez con mayor energías tareas tales como la resolución de conflictos, del desarrollo económico, de gobernabilidad y de paz. América Latina debe necesariamente avanzar de manera decisiva y cuanto antes a mayores formas de integración.

Otro de los desafíos pendientes con la historia, con la democracia y con la inclusión en América Latina es la de la incorporación a la vida política, económica, social y cultural de los pueblos indígenas en la sociedad a través del continente. Como ponía de manifiesto hace solo un par de días el Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan, en muchos lugares estos aún viven privados de tierras, de su cultura y con sus lenguas y costumbres suprimidas.

En estos tiempos de interdependencia, esta región del mundo requiere, desde nuestra perspectiva, más que nunca profundizar y ampliar los espacios políticos de contacto y de relación de las naciones del continente. Un multilateralismo global se construye también sobre las relaciones cada vez más profundas de los estados de cada región. Ese es también un desafío evidente hoy para que América Latina y el Caribe pueda participar con mayor influencia y protagonismo en la definición de las nuevas relaciones globales que se va construyendo hoy por todas partes y que requieren recoger el impulso, la visón y el compromiso de esta parte del mundo.

México, como nación y como pueblo ha estado siempre del lado de la América Latina de la que es parte. Su historia, sus líderes, su revolución forman parte del acerbo y de la identidad común de los países de la región.

Las luchas de sus héroes, las esperanzas de sus gentes y las realizaciones de sus hijos son reconocidos por los latinoamericanos como de ellos. Emiliano Zapata, a quien recordamos hoy a 125 años de su nacimiento, remeció con su batalla a toda una generación a través del continente. Le permitió soñar y construir a muchos -proyectos pero también realidades- de sociedades distintas, le permitió a muchos ser con él protagonistas de esos momentos únicos de la historia donde los cambios parecen tocarse con la mano, pero sobre todo les entregó a tantos el coraje y la inspiración para lanzarse a la búsqueda de un mundo diferente.

México cambió y así lo hizo también la América Latina. Todas las izquierdas y el progresismo ya no fueron los mismos. Se fortaleció la confianza y crecieron las esperanzas. Con Zapata se aceró el temple del carácter nacional. México estuvo más preparado para enfrentar los desafíos de una nación moderna y presto para construir un país para todos sus hijos.

Hoy en esta nueva época de cambios nos corresponde ahora a nosotros con Zapata en nuestro corazón construir un nuevo futuro.

Muchas gracias.