SEGUNDO COLOQUIO INTERNACIONAL
con motivo del 126 aniversario del nacimiento
del General Emiliano Zapata

Lunes 8 y Martes 9 de agosto de 2005
Museo del Estado, Morelia, Michoacán

 

EMILIANO ZAPATA, AYER Y HOY
POR ENRIQUE SEMO

La revolución mexicana tenía, hasta hace poco, tres vidas: La primera era un conjunto de sucesos históricos. Entre los años 1910 y 1940, los mexicanos plasmaron en hechos, muchas veces portentosos, una verdadera revolución. Este periodo ha sido y es objeto de acaloradas discusiones entre académicos y hay varias corrientes de interpretación que enriquecen su conocimiento con nuevas aportaciones.

Su segunda vida toma la forma de imaginario nacional. Una serie de mitos, conceptos, palabras emblemáticas, personajes y hechos que viven en la conciencia popular, que son la idea que cada generación se hace de esa sacudida telúrica que, sin duda, tiene mucho que ver con la definición moderna de la identidad nacional. Esas ideas y símbolos pueden responder a hechos o no, ser verdaderos o falsos, pero son muy poderosos, puesto que forman parte de una ideología, de un sistema de valores que mueven a la acción y generan fobias y filias que marcan todavía nuestra realidad política y cultural.

La tercera vida de la revolución mexicana tomó la forma de una ideología oficial. Una serie de interpretaciones surgidas de la clase dominante, del Estado y sus ideologías, repetidas hasta el cansancio en discursos, actos solemnes y momentos críticos y cuyo propósito era justificar, legitimar y embellecer políticas públicas que, a veces, nada tenían que ver con los ideales de quienes hicieron la revolución o, incluso, los contradecía contundente. Esta ideología oficial está plasmada en cientos de miles de páginas producidas por los gobiernos del PRI, sobre todo en los años 1940 – 1982. La ideología dominante difería mucho del imaginario popular en sus múltiples versiones y entre los dos se libraron muchas batallas memorables, como entre partidarios norteños del villismo y gobernantes de origen constitucionalistas.

Las élites que han gobernado México desde 1982 han abandonado la idea de la revolución mexicana como columna vertebral de la ideología oficial. Han guardado sobre ella, un silencio elocuente, una posición ambigua o una actitud discriminadora que sólo acepta, como rescatables, algunos de sus capítulos.

La revolución, como ideología, no fue asesinada: Murió de muerte natural. Su desaparición no representa la sustitución de una clase dominante por otra, sino el abandono de una ideología por parte de la misma clase porque ya no corresponde a sus necesidades presentes.

En fechas conmemorativas, los gobernantes actuales hablan con cautela de Francisco I. Madero, pero jamás de Emiliano Zapata. De manera que hoy, en la cultura nacional, de la Revolución Mexicana sólo han quedado dos vidas: una como pasado histórico a debate y otra como memoria colectiva presente en la ideología popular. Y yo creo que mucho hemos ganado con ello.

Nos hemos reunido para conmemorar el 125 aniversario del natalicio de Emiliano Zapata y quisiera hacer algunas breves reflexiones sobre el lugar que ocupa en esos dos niveles: como figura histórica y como ícono social de un movimiento que lo trasciende en el tiempo y en el espacio.

Todo indica que Zapata sigue vivo y goza de buena salud. Los académicos continúan disputándose sobre su significado e importantes movimientos populares se identifican apasionadamente con su figura, ratificando su presencia en la cultura popular.

El libro de John Womack Zapata y la Revolución Mexicana, publicado en 1969, se transformó en un clásico y ha conocido en español más de 25 ediciones. Luego siguieron otros libros importantes sobre el tema, como el de Arturo Warman, El Proyecto político de Zapata, publicado en 1982, libros colectivos como Emiliano Zapata y el Movimiento Zapatista, cinco ensayos que aparecieron en 1980, y el más reciente, de Samuel Friederich Brun, Zapata Revolution and Betrayal in México, publicado en 1993, que recoge una gran cantidad de documentos descubiertos en el Archivo General de la Nación, principalmente en las colecciones de Emiliano Zapata y Genovevo de la O. Muy importante, a ese respecto, ha sido el libro de Alan Knight La Revolución Mexicana de 1996, que renueva la tesis de la centralidad de los campesinos en la Revolución, aportando nuevas ideas y percepciones originales sobre el agrarismo en general y especialmente sobre el zapatismo. Además, han aparecido docenas de artículos científicos y ensayos importantes que aportan nuevas facetas e interpretaciones al conocimiento y la evaluación del dirigente campesino de Morelos y el movimiento que dirigió.

Y en cuanto al imaginario popular, basta recordar que en el movimiento de 1968, estudiantil y urbano por excelencia, la única efigie que recordaba a la revolución mexicana era la de Emiliano Zapata, que en muchas manifestaciones compartió honores con la del Che Guevara, mientras que los estudiantes, críticos del abuso oficial de la Revolución Mexicana, excluyeron desconfiadamente a sus demás líderes de los símbolos del movimiento. Y más recientemente, la rebelión indígena que estalló el 1ro. de enero de 1994 se dio a sí misma el nombre de Ejercito Zapatista de Liberación Nacional y en una de sus primeras declaraciones, fechada en diciembre de 1993, presentó una “Ley Agraria Revolucionaria” que comenzaba con las siguientes palabras: “La lucha de los campesinos pobres de México sigue clamando la tierra para los que trabajan. Después de Emiliano Zapata y en contra de las reformas al artículo 27 de la Constitución Mexicana, el EZLN retoma la justa lucha por el campo mexicano por la tierra y libertad” y, muy por el estilo del Plan de Ayala, concluía: “Con el fin de normar el nuevo reparto agrario que la revolución trae a las tierras mexicanas, se expide la siguiente Ley Agraria Revolucionaria.” Diez años más tarde, en las múltiples protestas, plantones y manifestaciones que marcaron el movimiento campesino en los meses de noviembre de 2002 a abril de 2003, el lema más común era ¡Zapata vive, la lucha sigue! Así vemos como Zapata se mantiene vivo, tanto como uno de los principales protagonistas de la Revolución como símbolo de importantes movimientos sociales que vuelven a plantear los problemas del campo, en general: la justicia social y la democracia.

Emiliano Zapata es epítome de uno de los movimientos sociales más persistentes, profundos y complejos de la historia de México: la lucha de los campesinos por la tierra y por su existencia. Cuando en el año 1910, Emiliano Zapata aparece en la escena de la historia, este movimiento llevaba siglos de existencia. Sobre todo a lo largo del siglo XIX, el primero de la vida independiente, se había manifestado a través de una serie ininterrumpida de levantamientos y rebeliones en todo el país, que influyeron profundamente en el desarrollo político y social de la joven república. Cuando el 10 de abril de 1919, Zapata cae asesinado en Chinameca, el movimiento agrarista no murió con él. Podemos decir que continúa hasta nuestros días, viviendo momentos álgidos en pleno siglo XXI cuando se le consideraba ya definitivamente muerto y enterrado.

Las demandas de los campesinos con el tiempo y el lugar. Sus formas de lucha cubren una gama muy rica y diversa de expresiones. La faceta indígena se entrelaza con la campesina en condiciones intrincadas. Las demandas comunales del Sur conviven con las más individuales del Norte y el campesino de la era de la globalización no se enfrenta a los mismos retos que el de la época de la expansión de las haciendas. Sin embargo, hay rasgos de continuidad innegables que lo distinguen claramente, otorgándole un sello inconfundible y un lugar insustituible en la historia de México. Es el movimiento de los hombres y mujeres del campo que luchan por seguir siendo campesinos y reivindican una vida digna y el principio elemental de que quien trabaja la tierra debe tener los mismos derechos y oportunidades, el mismo nivel de vida que los habitantes de otras ciudades.

Este movimiento ha producido muchos grandes dirigentes, algunos –los más–, cuyos nombres han quedado en el anonimato, otros que ocupan un lugar importante en nuestra historia escrita. La larga lista se extiende a lo largo de dos siglos, quizá desde Jacinto Caneck en 1761 hasta Rubén Jaramillo en 1962. Pero ninguno de ellos tuvo la influencia y la fama nacional e internacional de Emiliano Zapata. Existen para ello razones históricas: Emiliano Zapata participó en una revolución en la cual los campesinos de todo el país tuvieron una participación muy activa y sus actos tuvieron una resonancia nacional. Sin ella, la rebelión de Morelos habría sido probablemente un episodio local. Su movimiento abarcó una extensa zona del país y duró nueve años. El derrumbe del poder porfirista y después del de Huerta lo transformó en el primer campesino comunero que pudo haber ocupado la silla presidencial y se negó hacerlo, prefiriendo conservar hasta la muerte su condición de líder intransigente de una causa histórica. Junto con sus compañeros produjo un Plan de reforma y un cuerpo de escritos y de leyes coherente que proporcionó al movimiento, el ideario del que hasta entonces carecía. Para los campesinos de su tiempo y los de las siguientes generaciones, el Plan de Ayala –según Womak, con una impregnación mesiánica y su participación en la Convención Revolucionaria Mexicana de Aguascalientes le permitió inscribir el ideario agrarista en un proyecto nacional mucho más amplio.

Pero hay, además, rasgos personales que hacen de él un hombre extraordinario, pasta ideal para la leyenda popular. Zapata tenía un enorme carisma y un estilo que le ganaron la lealtad e incluso la devoción casi religiosa de miles de campesinos. Su gran valor personal fue un rasgo contundente desde la toma de Chinameca, su primera acción militar. La firmeza inconmovible de sus ideales lo distinguen entre todos los otros dirigentes de la Revolución, sobre todo Villa. Su afición a la charrería, a los caballos, a los jaripeos y su forma de vida modesta y campirana, hacían vibrar las cuerdas más profundas del alma campesina. Su sensibilidad hacia el pensar y el sentir de la gente de los pueblos, combinada con su capacidad de rodearse de un grupo brillante de intelectuales-políticos, entre los cuales estaban Gildardo Magaña, Antonio Díaz Soto y Gama, Manuel Palafox y Octavio Paz Solórzano, son testimonio de su versatilidad y su capacidad de superar el espíritu parroquial. Su temprana amistad con Torres Burgos y, sobre todo, con Otilio Montaño, maestro de Villa de Ayala, lector apasionado de Kopotkin, a quien acabó por hacer su compadre, hablan de un hombre inteligente, respetuoso de las ideas, una personalidad compleja, a la vez profundamente arraigada a su tierra y su gente, pero capaz también de aprender y crecer con la revolución y de abrirse a un mundo externo en plena efervescencia. Visionario y hombre de campo práctico, jefe militar y político sagaz, Emiliano Zapata tiene rasgos comunes con otros líderes campesinos, pero es, sin duda, el más grande de todos ellos. Pero, es más, en el Panteón nacional, en el imaginario popular, ocupa el puesto de un héroe legendario, de un mito como Hidalgo o Morelos, cosa que ninguno de los otros líderes revolucionarios logró. En todo caso, podemos decir una cosa: la percepción legendaria que lo rodea hasta hoy, no es una falsa conciencia. Tiene como sujeto a un hombre verdaderamente excepcional.

Zapata nunca luchó por el poder que da la presidencia, como Carranza u Obregón. Ni siquiera fue gobernador de su Estado como lo fue Villa en Chihuahua. ¿Cómo esperaba entonces que su causa triunfara? Su actitud frente a Madero y Carranza prueban que él estaba convencido que el movimiento podría imponer sus demandas a los políticos y los hacendados por la vía de las armas, sin tener que tomar el poder. Y la conducta de Madero y Carranza demuestra que ellos querían pacificarlo o cooptarlo sin conceder a sus demandas. ¿Si el poder no es el criterio, como juzgar el éxito o el fracaso del movimiento zapatista? Sólo puede juzgársele por la realización o el fracaso de sus ideales, independientemente de quien ponga en práctica las reformas. Zapata tenía, según Krauze, plena conciencia de que él no podría cosechar lo que estaba sembrando. “Debo decirle –confesó alguna vez Zapata a su buen (secretario) Robledo– que no veré terminar esta revolución, porque las grandes causas no las ve terminar quien las inicia, prueba de ello es el señor cura Hidalgo.”

El éxito o fracaso de la causa agrarista que encabezó Zapata depende del momento en el que la juzgamos. Los gobiernos que siguieron, distribuyeron poca tierra, de baja calidad y mal situada. El crédito era escaso y la ayuda a los campesinos para integrarse al México moderno, limitado. En 1930, los campesinos sólo poseían el 10% de la tierra cultivable del país. En 1940, la imagen es radicalmente distinta y la causa agrarista podía ser calificada de moderadamente exitosa. Zapata parecía triunfar. Durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, se distribuyó dos veces más tierra que la entregada desde la ley de 1915. El número de ejidos creados fue el doble de los que se habían formado desde 1920. Se fundó un sistema bancario de apoyo al ejido y el gasto en salud, educación e irrigación en el campo creció considerablemente. Las viejas haciendas que tanto odiaban los hombres de Zapata, dejaron de existir y en 1950 había más de 18.000 ejidos y 1.8 millones de ejidatarios. Sabemos que los gobiernos que siguieron frenaron o revirtieron el proceso y que los movimientos con el viejo lema zapatista de Tierra y Libertad surgieron de nuevo. Pero la situación nunca volvió a ser la que existía en 1910.

¿Cuál es la situación de hoy? ¿Es actual la figura de Zapata o pertenece íntegramente al pasado, a las causas totalmente realizadas como la Independencia o perdidas como el Anarquismo?

La pregunta no tiene una respuesta simple. Hoy el campo mexicano vive un verdadero desastre. Diferente al de 1910, pero al fin y al cabo, una catástrofe de la que va a ser muy difícil salir.

En 1910, había cerca de 13 millones de campesinos, hoy hay 24 millones de personas que viven en las zonas rurales y cerca de 20 millones que se mantiene de las actividades agropecuarias. Los campesinos han aumentado en números absolutos, aun cuando han decrecido en términos relativos ya que en la ciudad viven 75 millones de personas. Son embargo, esta significativa ruralidad no tiene una relación proporcional en la vida económica: el sector agropecuario apenas aporta 5% del PIB. Proporción que se ha venido reduciendo puesto que en 1992 era aún de 7.3%.

Esto nos remite a la bajísima productividad relativa del trabajo agrícola, pero nos habla también de la falta de opciones en la industria y los servicios para una mano de obra agropecuaria que, pese a los pocos y malos empleos e ínfimos ingresos, se mantiene varada en el campo. Y es que, según el último censo agropecuario, 9 de cada 10 agricultores son, en mayor o menor medida, autoconsuntivos. Lo que significa que nuestra agricultura produce más subsistencia que cosechas comerciales; en vez de una función económica relevante, desempeña un sustantivo cometido social. Pero si su desempeño económico es raquítico, también tiene un mal desempeño social, pues la subsistencia que produce está en los niveles más bajos de bienestar. En el campo, 8 de cada 10 personas son pobres y, de éstas, 6 miserables.

Con el argumento de que la enorme mayoría de los pequeños productores agrícolas es redundante y no competitiva, desde los 80 se emprendió el drenaje poblacional, que debía librar al congestionado campo mexicano de 3 millones de campesinos sobrantes que, con sus familias, representaban a 15 millones de personas. Supuestamente, los excampesinos debían encontrar empleo en la industria, el comercio y otros servicios. Para ello, era necesario, para los 80 y los 90, un crecimiento anual de entre 6 y 7% anual del PIB. Como todos sabemos, desgraciadamente durante esas décadas la economía mexicana prácticamente no creció. Y mientras la mayoría se quedaba para vegetar en el campo, los expulsados “afortunados” acabaron en la marginalidad urbana, el comercio informal, la migración indocumentada a Estados Unidos y las maquiladoras negreras, que en pleno tercer milenio reproducen los horrores del régimen fabril de la Inglaterra de la revolución industrial.

La reconversión salvaje se operó mediante cambios legales, como el del artículo 27 constitucional, que dio fin al reparto agrario y abrió las puertas a la privatización de la tierra ejidal e, indirectamente, de la comunal, pero también mediante una unilateral desregulación agropecuaria, que debía potenciar nuestras ventajas comparativas con vistas a la globalidad. Y, en efecto, la producción de frutas, hortalizas y otros cultivos exportables ganó terreno a la cosecha de básicos. Pero el saldo resultó indeseable, pues en el mismo lapso las importaciones alimentarias crecieron exponencialmente y el ingreso campesino se derrumbó.

Desde que entró en vigor el TLCAN, el fenómeno más notable para la agricultura ha sido el impetuoso crecimiento de las importaciones, particularmente de granos. Así, mientras que entre 1987 y 1993 llegaron 52 millones de toneladas, entre 1994 y 1999 se compraron 90 millones: Un incremento de casi 40%. El resultado es que, al comenzar el nuevo siglo, dependemos de Estados Unidos en 60% de arroz, la mitad del trigo, 43% del sorgo, 23% del maíz y casi toda la soya.

La catástrofe del campo es una verdadera emergencia nacional. Las importaciones de maíz con mínimos aranceles están arruinando a los productores netamente comerciales al mismo tiempo que desvalorizan los excedentes de los milperos más modestos, dejando un saldo de alrededor de 3 millones de productores damnificados. La agroindustria azucarera está en crisis, pues Estados Unidos no acepta las importaciones pactadas, mientras que la fructosa desplaza el azúcar de caña como insumo de los refrescos embotellados en el país. La entrada de arroz a precios de dumping tiene quebrados a los arroceros. El ingreso de piña enlatada golpea a los cosechadores nacionales de Oaxaca y Veracruz. Lo mismo sucede con los productores de leche y de carne, acosados por el polvo lácteo de importación y la entrada de vacunos centroamericanos y con los avicultores desplazados por el ingreso de carne de pollo de desecho proveniente de Estados Unidos. Si a esto agregamos el desmantelamiento de la caficultura campesina que sustenta cerca de 400 mil productores, habrá que reconocer que estamos ante un problema de emergencia nacional. Dejar a la intemperie a 25 millones de mexicanos que viven y trabajan en el campo, entre ellos el sector más pobre de la población y casi la totalidad de los indios, nos amenaza con una catástrofe económica, social y ambiental de grandes dimensiones. Crisis de la soberanía alimentaria, crisis de la soberanía laboral, crisis ecológica y, lo más probable, una crisis sociopolítica, pues los descalabros agrícolas se han asociado en el pasado siempre con la aparición de la lucha armada y otras formas de resistencia violenta.

Después de las grandes protestas campesinas de finales del año 2002 y principios del 2003, se firmó entre el gobierno de la República y los representantes de las principales organizaciones campesinas el Acuerdo Nacional para el Campo. Por el Desarrollo de la Sociedad Rural y la Soberanía y Seguridad Alimentarias. Irónicamente, el primer párrafo del acuerdo dice: “Nuestro campo ha sido origen y causa de grandes movimientos sociales que han contribuido a la construcción de la patria mexicana. Emiliano Zapata, con su estandarte revolucionario ‘Tierra y Libertad’ ocupa un liderazgo histórico que hoy encuentra una renovada vigencia a través de la cual se permite saldar la deuda con la población campesina.” ¿No es éste un reconocimiento oficial, aun cuando sea de dientes para fuera y de mala gana, de la actualidad innegable y la vigencia de un programa y de un hombre, originados ambos en Morelos, que le han dado nombre y apellido a un movimiento social que, pese a todo y pese a todos, se niega a morir y demuestra una vitalidad inesperada en el momento en que, en muchos países desarrollados, el campesino como clase social prácticamente ha desaparecido?

Hay un buen número de gente que quisiera ver un México sin campesinos. Un México que, siguiendo el modelo de los Estados Unidos, pueda, con una población agrícola del 2 o 3 %, altamente tecnificada, producir lo suficiente para asegurar nuestra independencia alimentaria en farms, verdaderas fábricas de pan manejadas por computadoras. Ellos no tienen respuesta para los 20 millones actuales del campo mexicano que tendrían que encontrar acomodo en las actividades urbanas en un período breve. Pero hay que reconocer que no todos los países desarrollados, y véase Francia, España, otros países mediterráneos así como Australia y Nueva Zelanda, mantienen porcentajes mayores de su población ligados al campo. Además, está el tercer mundo en el cual los campesinos siguen siendo millones.

Otros mexicanos, en cambio, consideramos que es necesario plasmar un nuevo pacto ciudad-campo que, en bien de todos los mexicanos, reconozca la importancia de la persistencia de una cantidad importante de unidades campesinas familiares. Mexicanos que ven en el campesino una multitud de funciones sociales, nacionales y ecológicas; que consideran que la soberanía alimentaria que nos proporcionan los productores del maíz es también fuente de empleos necesarios para mantener la soberanía en el trabajo. El inevitable tránsito de una buena parte de la población rural a actividades industriales y de servicios debe realizarse al paso del crecimiento real de la economía y en condiciones humanas aceptables. Pensamos que el campo mexicano es productor insustituible de cultura, identidad y solidaridades, un depositario de la maravillosa diversidad de nuestra nación y de un mundo en donde se pueden producir calores sin necesariamente producir ganancias.

Para nosotros, la figura de Zapata no es sólo el símbolo de un agrarismo obsoleto sino la llave a la posibilidad de un México integrado a las grandes transformaciones tecnológicas de nuestro tiempo sin sacrificar su peculiaridad histórica que es un campo que mantiene viva una relación entre hombre y naturaleza sin la cual el futuro de la humanidad está en serio peligro.